Zoraida abrió los ojos y dio un respingo al ver ante ella a aquel extraño ser.
– ¡Hola! –saludó entonando como un mirlo–. Soy Pedagogra.
– ¡Oh! ¡Ah! ¡Hola! –pió la pajarita entre miedo y sorpresa. La observaba sin moverse, pestañeando y frotándose la cabeza con el ala, más por saberse despierta.

– Disculpa que aparezca así, pero…
– ¡Oh! –pió dando otro respingo. El aroma de la higuera la hizo percibir claramente a través de todos sus sentidos–. ¡Estás sobre la rama Despertar Femenino!
– ¡¿Sí?! –Batió alegre sus alas de murciélago y águila.
– ¡¡No te muevas!! ¡¡No quiero que se rompa!!
Pedagogra quedó inmóvil, cerró sus ojos de gato y, encogiéndose, emitió un pequeño chillido de cochinillo asustado.
– Te pido disculpas. Perdóname por el accidente de la otra vez, no fue intencionado, de verdad –suplicó.
– Lo sé, no te preocupes. Leí tu carta ¿Ves? –Señaló la cicatriz de la rama Educación para ser feliz–. Soldó perfectamente. ¡Muchas gracias! Perdóname también tú a mí. ¿Qué haces aquí? ¿Por qué has venido?
– Me trajo aquí un anhelo. Me resulta hermoso encontrarme de nuevo aquí y conocerte, por fin.
Zoraida experimentó una algarabía dentro de sí que la impulsó a agitarse nerviosa. El rostro singular de Pedagogra mostraba una ternura y un algo indescriptible que le resultaba familiar.
– ¿Qué anhelo te trajo?
– Tienes la misma curiosidad por las cosas que yo –le dijo mirándola fijamente con sus ojos gatunos–. Anhelo el abrazo de una madre.
– ¡Ah!
– Pensaba en lo difícil que es integrar, por no decir imposible, lo difícil que es integrar aquello que se conoce, pero que no se ha experimentado en carne propia. No sé si me explico.
– ¡Perfectamente!
– ¡Qué alivio!
– ¡Sé quién puede ayudarte! –pió gozosa.
– ¿De verdad?
– Sí, pero no está aquí. Tendrás que esperar a la primavera.
– ¿Tanto? ¿Dónde está?
– En África. Aunque yo puedo hablar con ella en sueños.
Pedagogra, que se había erguido y orientaba las orejas en todas las direcciones, le clavó la mirada, mostrándole su parte más felina.
– ¡Mírame!
Zoraida, sin asomo de miedo, acercó sus ojos a aquellos de Pedagogra que ahora refulgían en un verde espectacular. En aquel pequeño lapso de tiempo le pareció verse a sí misma en otro lugar con otro ropaje, distinta, pero la misma. La figura de Mamita emergió entre aquel verde, ahora un frondoso bosque, con las alas abiertas, dispuesta a abrazar. En el hueco creado por las alas de la abubilla, apareció Pedagogra. Su cuerpo disparejo fue cubierto por las alas amorosas. Con prontitud emergieron los lloros. Desapareció aquello que contenía las aguas retenidas y acumuladas por tanto tiempo. Se liberó la fuerza titánica de éstas que brotaban enérgicas en pos del cauce seco y sediento. El rumor del agua fue calmándose, dando paso a un gorgoteo regular de ritmo alegre. Voló la abubilla hacia la luz verde esmeralda del horizonte, dejando tras sí un río caudaloso entre los árboles.
Zoraida bostezó.
– ¡Buenos días, Zoraida! –saludó risueña Gaia.
– Un abrazo de buenos días –pió solícita.

Gaia, abrazo de madre.