En busca de la propia voz

– Este lugar me resulta conocido, pero no creo haber estado por aquí nunca. Es más, diría que es la primera vez que vengo por aquí. Sin embargo, tiene todo un aire tan familiar… La higuera, las margaritas, el cerro, la panorámica, el perro… Las margaritas… ¿no es un poco temprano para que haya margaritas?
– No te sorprendas tanto –ladró Alf a su espalda. Pedagogra dio un bote. ¿Acaso no estaba correteando hacía un minuto allá abajo?–. En este lugar ocurren cosas.
– ¿Cosas? ¿Qué cosas?
– Cosas.
Pedagogra, que miraba todo con suma atención, se encontró sola al voltearse.
– Sin duda alguna, ocurren cosas.
– ¿Y tú quién eres?
– ¿Cómo? –preguntó arrugando su hocico de cochinillo.
– Ya me has oído. –Alf, a un costado de aquel singular ave, la miraba fijamente.
– Pues… Yo… No lo sé.
– Interesante.
Pedagogra, con gran pasmo, devolvió la pregunta para desviar la atención de sí misma. Alf rió a carcajadas, pero, tras perseguir a un gorrión entrometido, volvió a su lado y le respondió.
– Como ves, soy un estupendo guardián. Nada pasa inadvertido a mis antenas.
– ¿Antenas? Yo no veo que tengas antenas.
– Veo que estás muy perdida –dijo seriamente, adoptando una posición de Anubis que hizo temblar las patas a Pedagogra.
– La verdad es que no sé cómo he llegado hasta aquí.
– Tenías que encontrarme.
– ¡Ah!
Se miraron largamente por todos los costados, arriba, abajo, delante, detrás… Alf gruñó y adoptó nuevamente la posición de Anubis, parecía plenamente satisfecho, aunque aquel pájaro le parecía un esperpento, mucho más espantoso que cualquier espantapájaros. Pedagogra, ya más serena, también parecía satisfecha de su inspección.
– Háblame de ti. Puesto que no sabes cómo has llegado hasta aquí, tengo interés en saber qué te ha traído.
Pedagogra abrió sus grandes ojos de gato.
– ¡Huy, sí que estás perdida, sí!
Pedagogra se sacudió y miró en todas direcciones, dirigiendo las orejas de gato como radares.
– Es inútil. Por más que mires el horizonte, ahí no lo vas a encontrar.
– Si no busco nada…
– Buscas el norte, pero ahí o aquí, como prefieras, no está. Ya te dije que este lugar es particular, ocurren cosas.
– Ya. Ocurren… cosas.
– Efectivamente. Cosas. Cuéntame de ti.
– Pues, realmente no sé qué decir.
– Bien. Eso confirma mi teoría. Estás muy perdida. ¿Cómo te llamas?
– Pedagogra.
– Incluso el nombre es espantoso –dijo Alf para sí–. ¿Qué tipo de ave eres? Nunca vi un ejemplar de tu espécimen.
– ¿Soy un ave?
Pedagogra se examinó a conciencia y Alf, sigiloso como un gato, salió a la carrera. Se oyó un ruido, como una risotada, en la lejanía. Pedagogra no se apercibió de la ausencia del cánido, quien, nuevamente cual Anubis ante ella, tosió ligeramente.
– ¿Y bien? ¿Eres un ave?
– Tengo alas, así que parece que sí.
– Parecer parece, sí. ¿Vuelas?
Pedagogra batió alas, pero no se elevó del suelo. Las alas se movían descompasadamente. Alf sabía que aquel ave nunca podría volar, las alas eran diferentes entre sí. Una era de águila y la otra, de murciélago.
– Si no puedo volar, ¿cómo llegué hasta aquí?
– Aguda observación. Caminemos juntos.
– De acuerdo.
El podenco no caminó un par de metros cuando oyó un ruido y un lamento tras de sí. Al girarse vio que Pedagogra tenía una pata alrededor del cuello y resoplaba como un asno, incapaz de recomponerse. Alf la ayudó a colocar la pata en su sitio. Sabía que aquel ave nunca podría desplazarse por el suelo, sus patas eran diferentes; una, como la de una cigüeña y la otra, como la de un búho.
– Si no puedo caminar, ¿cómo llegué hasta aquí?
– Excelente observación.
– Dijiste que había venido aquí para encontrarte.
– Sí, eso dije.
– ¿Para qué?
– Perspicaz observación. ¿De dónde vienes?
– ¡De un lugar espantoso! –Los ojos de Pedagogra se encendieron–. Encierran a las criaturas en cubículos trazados con escuadra y cartabón donde les obligan a memorizar montones de información…
Alf, sin llegar a imaginar lo que aconteció después, pero temiéndose una explosión de ira, había ido retrocediendo hasta llegar a la higuera. Lo que ocurrió le dejó helado, a pesar de haberse prendido una pequeña fogata con la hojarasca seca y las llamas escupidas por Pedagogra.
– Esta es un ave de lo más extraordinario, ¡si hasta escupe fuego como un dragón! Hay que ir con tiento.
Cuando de la boca de Pedagogra solo salían ya pequeñas nubes negras con olor a azufre, Alf le ofreció un poco de agua.
– Veo que lo que te ha traído hasta aquí ha sido la necesidad de encontrarte contigo misma. ¡Ni una palabra más!
La miró meditabundo. Le resultaba evidente que aquel espécimen era el resultado de informaciones adquiridas, algunas erradas y firmemente arraigadas, y otras de lo más interesantes, pero no integradas. Todo en ella era disparejo: las alas, las patas, la cola de golondrina, el hocico de cochinillo, la cabeza de gato, la voz de mirlo. Pero lo que más impactó a Alf, sin duda, fue el alma de dragón.
– ¿Cuál es el anhelo de tu alma?
Pedagogra puso los ojos en blanco, como si buscara dentro de sí la respuesta. Pasó tiempo así, hasta que, de pronto, su rostro se iluminó, desapareciendo de la vista de Alf y reapareciendo un poco después.
– Acabo de entender cómo, viendo todo lo negativo de la educación, mis experiencias docentes me han chamuscado. Y no solo a mí –señaló con el ala de murciélago la zona quemada al lado de la higuera–. He repetido patrones que me incomodaban en todas las áreas de mi vida. Cada vez que lo hacía más deformada me sentía, más pequeña, más constreñida.
– ¿Cuál dirías que es tu mejor cualidad?
– Soñar.
– Interesante, muy interesante. Dime otra.
– Es cof cof cri cof cof bir cof cof –pronunció a duras penas entre toses humeantes.
– Verdaderamente interesante. ¿Dirías que todo lo que te ha ocurrido a lo largo de tu vida, han sido experiencias que debías transitar para encontrar el verdadero camino? –Pedagogra asintió–. Presta atención a lo que voy a decirte: Creer para ver. Creer para crear. La visión, la idea, impulsa la creación.
Con esto, Alf se alejó con su particular trote y Pedagogra volteó los ojos hacia el interior, desapareciendo del cerrillo, dejando que el aire en el pensamiento la hiciera volar hacia nuevos territorios que explorar.

Alf, el guardián del cerrillo

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