Carta de Pedagogra

El nido de Zoraida está seriamente dañado por los fuertes vientos del otoño. La visita de Pedagogra también ha contribuido en su deterioro. Tuvo el tino de posarse en una de las ramas estructurales que quebró bajo su peso. Dolió, no mucho porque estaba dormida. Pedagogra se dio un buen batacazo, pero no dijo ni ay. La rama se lamentó porque la llegada de aquel extraño pájaro casi le dio matarile. Después, gritamos ambas, casi nos chamusca. Lo curioso del asunto es que el fuego fue el elemento veneno y medicina. El fuego de la ira atrajo al ave al cerrillo, el fuego de la ira fue el que a punto estuvo de incendiarme y el fuego del amor, el que la atrajo de nuevo y sanó la herida.

«Querida Zoraida:

Discúlpame por haber roto esta rama, no fue mi intención.

Si te digo que fue un error de aterrizaje te estoy dando una excusa. Tú te mereces una razón. Yo me merezco una razón. Esta es que no sabía por dónde caminaba o volaba o me arrastraba.

Soy un ave extraña. No puedo volar, tampoco caminar y ya quisiera yo poder arrastrarme como una serpiente, pero tampoco. Aparezco y desaparezco como por arte de magia, pero no hay magia alguna en mis idas y venidas. Tampoco estoy a merced del viento, ni poseo velamen como los barcos con el que dirigirme a nuevos puertos.

Hay en mí mucho de contradicción, eso sí. Te aseguro que esto es lo que me mueve.

He sabido que esta rama que te he dañado pertenece a Educación para Ser Feliz… Ya descubrí porqué aterricé aquí en el cerrillo –para ser exactos, me estrellé contra el suelo tras romper tu rama, pero no dolió– y ya sé porqué me encontré primero con esta rama.

De donde yo vengo la educación es para cualquier cosa, excepto para ser feliz. Hay mucha escuadra y cartabón, algo de compás y nada de inspiración porque, en cuanto asoma, se la aniquila con más escuadra y cartabón… Existe la obligación de ceñirse con exactitud a la linealidad del diseño técnico que rige con autoridad déspota los cimientos, la estructura, los muros y los vanos de todo cuanto hay ahí, ¡ay!

¿Cómo siendo así la educación que recibí, soy yo un ser deforme, desproporcionado? Soy más parecida a un collage realizado con desatino que a un dibujo técnico realizado con precisión. Bueno, este último no se utilizó ni para hacerme el molde. ¿Y bien? Esta pregunta me la he hecho trillones de veces. Cada vez que me la hago, al abrir los ojos me encuentro en otro lugar. Veo cosas distintas, maneras diferentes de hacer, algunas tan opuestas…

En uno de mis últimos viajes observé lo siguiente.

Un ser con inspiración que, guiado por su intuición, se ocultaba en una fábrica donde se realizaban moldes. Ahí trabajaba con discreción y en sus ratos de pausa se paseaba por el lugar recogiendo la inspiración desterrada que volaba como humo. Solo era capaz de recoger aquella recién desterrada y que se hallaba densa formando diminutos anillos que solamente él veía. Tenía que ser rápido, pues en seguida el anillo perdía consistencia y desaparecía. Había creado un aspirador de anillos de humo que ocultaba bajo la bata del uniforme; era algo parecido a una pequeña tuba. Se paseaba con aquel instrumento, aspirando aquí y allá. Los demás se reían, claro, porque aquello, además de ser pequeño, no sonaba y él parecía soplar sin ton ni son. Así se había ganado el sobrenombre de el Sonado. Lo que no sabían era que su creación musical era otra; aquellos anillos de humo los soplaba de tanto en tanto en algún molde. Esto lo hacía aprisa y corriendo, colándose en la cadena de montaje, aprovechando el momento en que el capataz miraba a otro lado. Veloz como un guepardo, soplaba sobre la masa vertida en los moldes, unas veces salía un anillo, otras veces ninguno y otras, muchos.

Me pregunto si yo fui el resultado de muchos anillos juntos.

En mis viajes he visto criaturas deformes como yo y otras que creían serlo a pesar de una apariencia proporcionada que no da lugar a equívocos. ¿Sabrán que poseen esos anillos extraordinarios?
¿Y tú, Zoraida, también eres fruto de una de las obras de el Sonado? Si alguien sabe qué es ser feliz, es ese ser.

Te pido disculpas otra vez. Lamento mucho haber roto esta magnífica rama. Espero que, a pesar del daño causado a tu nido, la rama sobreviva. Veo que está asida por un tercio…

Un abrazo, querida.

Tuya siempre,

Pedagogra»

Con la carta todavía en mano, Pedagogra miró la herida de la rama. Efectivamente, podía salvarse. Nuevamente sintió el impulso. Un impulso en el pecho, como un latido irregular y más fuerte. Este era el que le hacía soltar fuego, pero algo era diferente, pues no se sentía presa de la rabia. Miró otra vez la rama y pensó si sería buena idea soltar en la herida aquello que le pulsaba.. Una sensación electrizante en la barriga se lo confirmó. Entonces cerró los ojos de gato y a través de su hocico de cochinillo emitió un soplido cálido…

– ¡Oh, me ha salido bien!

Dicho esto, Pedagogra desapareció.

La anciana higuera

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