¿De qué tienes ganas, corazón?

Comentó alguien que al tiempo que agendaba para escribir lo llamaba Mi momento de escribir, en lugar de escritura, como digo decía yo por ahorrar palabras y ocupar menos espacio, y que, además, comporta obligación.

Mi momento de escribir denota algo mío, íntimo; un momento sin acotar, libre, capaz de expandirse y contraerse de acuerdo a las exigencias externas, pero siempre hay un espacio de tiempo para la conversación, la palabra, el verbo… escribir.

Yo ahorraba. Está bien.

El miedo a la escasez del mañana ignoto, a las vacas flacas, a la peregrinación por el desierto y a saber qué otras escaseces, me llevó a ahorrar.

Ahorrar está bien. Ahorrar palabras, no tan bien.

No, cuando ahorrar palabras obliga a callar, a guardar un silencio que te quema la garganta y te contrae las mandíbulas, y a desaparecer, algo que se avecina como inevitable puesto que impera el ocupar menos espacio. Así se termina con la creación, al instaurar la obligación en el puesto del deseo, del sentir.

Ahorrar palabras condena al ostracismo, a vagar por el desierto del silencio, de la ausencia, porque lo callado, lo silenciado, lo ocultado, lo no dicho, lo no nombrado NO EXISTE, pero quiere ser dicho, hablado, nombrado, manifestado.

El miedo a la escasez condujo fatalmente a la ausencia de mí misma, a un vacío no fértil, estéril. Y lo que a mi alma no le permití expresar, lo gritó a través de mi cuerpo.

Escritura es momento de escribir, mío, mi momento de escribir. Vergel en el que el corazón canta, a veces piano, a veces forte. Es mi momento, sea grande o sea chico, para entrar en conexión con mi sentir.

– ¿De qué tienes ganas, corazón?

Unas veces, de saltar. Otras veces, de vacío fértil, de silencio para la escucha.

¡Tan diferente de aquel! Porque este silencio es creador y al permitirme oír el sonido del silencio es cuando me escucho, me atiendo, me aliento, me consuelo, me mimo. Es en este acto de escucha activa que percibo que el sonido del silencio es una algarabía, un caos. Es así, al dar oídos, como advierto que hay sonidos más perceptibles que otros en función de mi atención. Ahí entra mi creatividad, en el atender según qué sonidos a tenor de mis apetencias. Y así sacio mis ganas de mí, apetitos que no había sentido hasta ese momento por apagados, dándome el placer de saciarlos con gusto.

Zoraida Azahara, deshaciendo un nudo

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