Doroteo, el duende de los zapatos rojos (2)

– ¿Estás seguro de que era un duende?

– ¡Que sí!

– ¿Y era doble que yo?

– ¿Cuántas veces más te lo tengo que decir? –gruñó Alf.

– Disculpa, pero me parece muy extraño –dijo Cascabel poniéndose muy tieso. El cerrillo era puro sonido con los tintineos producidos por el duende que brincaba alrededor del podenco.

– Yo no he dicho lo contrario. Extraño es. Raro, también.

– ¿Y no sabes de dónde salió?

Alf bufó hastiado, quiso darle esquinazo, pero Cascabel ya había saltado frente a su hocico.

– ¿Me quieres dejar en paz de una vez? ¿Es que ya no se puede dar un paseo en calma por aquí?

– Disculpa, pero…

– ¡Ya no disculpo nada! ¡Me tienes harto!

– Vale, vale. No hace falta que me enseñes los colmillos. –Se apartó con fingida afectación, lo justo para que el podenco pasara por delante suyo. Un nuevo tintineo y ya estaban frente a frente.– ¿Y dónde lo encontraste? ¿Ahí?

No tuvo tiempo a reaccionar. Gritó auxilio el cascabel de su gorro que giraba y giraba desesperado ladera abajo hacia el lecho de margaritas. Ya en el suelo, sin color en el rostro, boqueando como pez fuera del agua, palpaba entre las hojas de las margaritas y miraba incrédulo al podenco. Casi se desmaya cuando oye tras de sí: “¡Mira quién está aquí!“

Doroteo, duende de los zapatos rojos, es un honor saludarte de nuevo.

Rió complacido el duende ante la reverencia del animal. Una lisonja siempre tenía el efecto de dulcificarlo. El tintineo que produjo Cascabel al recuperar su gorro y ponérselo, alertó a sus oídos y sus ojos centellearon.

– ¡Eh! ¿Qué has traído? –Se agachó extendiendo las manos hacia aquello que llamó su atención.

– ¡Un momento, Doroteo, duende de los zapatos rojos! No lo toques, espera un poco a que se seque, está lleno de babas. Le he dado un pequeño paseo entre mis fauces.

Doroteo retiró la mano con repulsión y Cascabel, entre aliviado y ofendido, gateó para ponerse al sol.

– ¿Qué es? ¿Eso es lo que hace tanto ruido? Me acerqué hasta aquí porque no podía dormir la siesta con tanto tilín-tilín.

– Así es, eso es lo que hace tanto ruido hoy. Lo he atrapado porque a mí también me tenía frito. Buscaba un paraje tranquilo por el que pasear, pero eso

– Celebro que estuvieras por aquí. Yo no hubiera sido tan benévolo, en un chás lo habría enviado al arrabal del puente. –No quitaba ojo a eso que se estremecía como si le pincharan las centellas de aquellos peculiares ojos.

– Oye, Doroteo, duende de los zapatos rojos, cuando dices arrabal del puente, te refieres al puente que hay allá abajo, donde la niebla es más densa, ¿verdad?

– Así es. Ahí viven los que no aprecian la luz, ni el color. ¡Un lugar escalofriante! y al que no te recomiendo acudir -dijo estremeciéndose de arriba abajo.

– ¡Ah! Entonces, celebro haberlo atrapado yo, ¡a saber qué le hubieran hecho!, porque me consta que a eso sí le gusta el color y la luz. No hay más que ver sus atuendos.

Doroteo volteó la cabeza para localizar a eso.

– La verdad es que es extraño –dijo juntando sus pobladas cejas–. Parece un duende, pero es tan minúsculo. ¿Es un retoño?

– ¿No sabes si es un retoño de duende, Doroteo, duende de los zapatos rojos?

– ¿Cómo? ¡Claro que sé distinguir un retoño de duende! –Se acercó hasta Cascabel, que aún temblaba, extendió las manos, pero nuevamente las retiró. Esta vez asustado a causa de los gruñidos de Alf a sus espaldas. – ¿Qué sucede, Alf, podenco andaluz? Me has dado un gran susto.

– Disculpa, Doroteo, duende de los zapatos rojos. Es una manía que tengo.

Los zapatos rojos, de improviso, se movieron rápidamente alrededor de Alf realizando varios giros. El podenco no se inmutó, sentado erguido y con mirada al frente, imperturbable.

– Ahora estoy seguro de que no era a mí a quien gruñías. También estoy seguro de que eso no es un retoño de duende, ¿por qué si no me protegerías de esa criatura? Pero no me fío. No. Debería enviarlo al arrabal del puente. Los colores, estoy seguro, son un camuflaje. No puede ser de otra manera. Sin embargo, hay una cosa que no entiendo. Has dicho que es una manía que tienes. Bien, explícate, te escucho. Reconozco que tampoco sé nada de tu especie, como tampoco sé nada de eso. ¡Adelante!

– Eres muy sagaz, Doroteo, duende de los zapatos rojos. Verás, no me gusta entregar mi pieza. –Las punteras de los zapatos rojos se movían rápidamente produciendo un repiqueteo acelerado y descompasado.– Cuando vi que querías cogerlo, se activó mi instinto, al fin y al cabo quien lo ha cazado he sido yo, y si está ahí es por mera casualidad, quiero decir que no pretendía entregártelo como ofrenda.

Las punteras parecieron relajarse. Tras unos segundos de silencio que a Cascabel resultaron eternos, Doroteo rió a carcajadas. Cascabel no sabía si echarse a llorar o salir en estampida. Temiendo que ambas opciones no le traerían nada bueno, permaneció inmóvil.

– Así que antes, cuando me dijiste que esperara porque estaba lleno de babas, en realidad esperabas que no se me ocurriera volver a tocarlo, ¿cierto? – Alf asintió.– Muy bien, Alf, podenco andaluz. Recobra tu pieza y ¡buen apetito! A mí también se me ha abierto el apetito, así que voy a prepararme algo con muchos colores. ¿Qué frutas podría combinar hoy?

Y así, sumergido en sus elucubraciones culinarias, se esfumó.

– Vamos a casa, Cascabel.

– Yo no voy contigo.

– Como quieras.

– ¡Espera! No me dejes aquí solo, ¿y si vuelve? ¡Ay, este lugar ya no es seguro!

– No exageres, es vegetariano –rió Alf trotando hacia la higuera.

– ¡Ah! No te fíes, sus gustos culinarios no lo hacen menos peligroso. No, no me da buena espina. Además, eso lo será él, ¡menudas pintas! Oye, ¿y el puente? Aquí no hay ningún puente.

– Que no lo veas no significa que no exista. Y como continúes con tus preguntas, te juro que yo mismo te llevaré al arrabal del puente. ¿Quedó claro?

Alf, más sagaz que Doroteo

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