Doroteo, el duende de los zapatos rojos

Un fino hilo curvo plateado y algunos diminutos puntos de luz es todo lo que se ve entre las nubes densas que abarcan casi toda la bóveda celeste. Tampoco en el cerrillo se vislumbra mucho más. Alf ha alzado la trufa ante un olor desconocido. Gruñe contrariado. Recuesta la cabeza cerrando los ojos y aguzando las orejas. Apenas unos instantes después, en su pantalla mental, un relámpago de luz blanquecina le hace alzarse rápido. No ladra. Esto hubiera sido lo habitual, pero no lo hace porque intuye una presencia desconocida, veloz y sigilosa. Camina con fingida prisa hasta la higuera y levanta la pata, regando un poco al árbol. Lo rodea olfateando el tronco y se encamina esta vez hacia las margaritas, en dirección opuesta al olor, donde se tumba de nuevo. Espera así que la presencia se manifieste a sus cinco sentidos. Sin embargo, nada ocurre. Hace tiempo que no atraviesa el portal, pero ahí nada se manifiesta. Gruñe y se lame la pata trasera. Bufa irguiéndose, algo ha llamado la atención a su retina, un brillo nacarado. Mueve la trufa con discreción. Dirige las antenas de su hocico, pero antes de discernir qué es aquello, algo se posa en su nariz, descubriendo con ojos bizcos una mariposa monarca.

– ¿De dónde sales tú?

– Iba a preguntarte lo mismo.

– Yo estoy donde me corresponde.

– Lo mismo yo.

– Me tocas las narices.

– Así es.

El hocico de Alf comienza a arrugarse, presagio de nada bueno, pero la mariposa no se inmuta.

– ¡Aquí estás! ¡Te atrapé!

Una fina tela del tamaño de un pañuelo cae sobre la cabeza de Alf.

– Disculpa la molestia –dice el extraño retirando con cuidado la tela con la mariposa dentro.

Alf lo mira con sorpresa e indignación, de la cabeza a los pies, y ahí se para boquiabierto.

– Son lindos, ¿verdad? –dice alzando las punteras alternativamente. –Me acompañan desde que era pequeño. Uff, lo que me aburría en la escuela, no me gustaba nada, pero nada nada, pintar flores silvestres para la colección de botánica para potingues. Así que aquel día cogí el rojo y me pinté los zapatos. Brocha por aquí, pincel por allá, un tono arriba y otro abajo, acompañado de un canto con encanto y ¡tachán! Mi súper yo apareció. No me los quito nunca, ¿sabes? Únicamente para darles lustre y algún retoque al color, nada más. Y bien, ¿qué haces tú por aquí?

– ¿Yo? ¡Tú!

– ¿Yo? ¡Qué descaro! Esta es mi propiedad.

– Eres un engreído.

– Y tú un maleducado. No me mires así, porque en menos que se tarda en hacer un chasquido de dedos te mando al arrabal del puente.

– ¿Arrabal del puente?

– ¿Cómo? ¿No lo conoces? Pero bueno, ¿quién eres tú? ¿Qué haces aquí?

– Iba a preguntarte a ti lo mismo.

– Vaya, vaya –los zapatos rojos se movieron para dar una vuelta a su alrededor. – Vaya, vaya. Eres un ejemplar muy curioso.

– ¿Curioso? Fisgón, más bien.

– Jajajajaja Y muy gracioso también. Me gusta tu sentido del humor.

Alf se sentó, bien erguido, como si estuviera en la instrucción, con porte de Anubis. Los zapatos rojos dieron un salto atrás.

¿Quién eres tú?

Alf, podenco andaluz, a tu servicio.

¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! –Su gorro azul se iba ladeando conforme se frotaba la cara con una mano, mientras en la otra, la mariposa se agitaba entre la fina tela.

¿No la vas a soltar?

¿Eh? ¡Ah! No, no, no. –Repliega el brazo, protegiendo el frágil paquete.

No temas, a mí no me gustan las mariposas, prefiero las moscas.

Está bien saberlo. Doroteo, me llamo Doroteo. Me conocen como el duende de los zapatos rojos.

Un placer.

Lo mismo digo, Alf, podenco andaluz. Y bien, ¿cómo es que estás aquí?

No… ¡Ejem! –carraspeó– No sé qué decir.

Ya veo, te has perdido. Sí, es fácil perderse por estos lugares. La niebla gasta estas bromas, sí. En fin, ¿cómo puedo ayudarte, Alf, podenco andaluz?

¡Oh! Estoy muy bien, solo quería conciliar el sueño, pero algo me importunaba, no sé qué, tal vez alguna pulga. Pero ya no me molesta nada.

¡Perfecto! ¿Necesitas algo?

Nada, nada. Mañana al amanecer ya… –alzó el hocico al cielo repetidas veces.

Claro, claro, con el sol todo se ve más claro, tienes razón. Entonces sabrás qué camino tomar.

Así es. ¿Yo puedo hacer algo por ti, Doroteo, duende de los zapatos rojos?

¡Eres muy amable! No, nada. Nosotros nos vamos ya a casa. ¿Te apetece un caldo de vegetales?

Nooooo, estoy bien servido, gracias –acertó a decir pasadas las náuseas.

En ese caso, ¡buena noche, Alf, podenco andaluz!

¡Buena noche, Doroteo, duende de los zapatos rojos!

Los zapatos rojos hicieron una pirueta en el aire, y aquel duende, doble de tamaño que Cascabel, tal como había aparecido, desapareció. Alf inspeccionó la zona sin encontrar rastro alguno, ese aroma extraño por desconocido se había evaporado, nada ahí delataba la presencia del duende ni de la mariposa. Se recostó sin salir de su asombro. Volvió la mirada al cielo, ni luna ni estrellas se hallaban en el firmamento. Cerró los ojos y dejó que las nubes lo envolvieran también a él.

Alf, somnoliento y desconcertado

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