El aire sopla y mueve… palabras

Son las palabras nubes movidas por el aire que sopla. Luce el sol entre ellas. Se mueven con vigor las hojas de los árboles. Anteayer nos visitó el agua, llovió buena parte de la tarde, y bajó la temperatura. Ya no hace calor de verano. ¡Ahá! Viene el otoño y se despide el verano.

El aire se ha aliado con muchas cosas para recordarme que preste atención a mis pensamientos, mis palabras, mis decretos, mis creencias. ¡No sólo mueve las hojas! Se las ha ingeniado para que, con mensajes, comunicados y relatos, le preste una atención especial. En estos días todo ha sido aire y palabras.

Mi pensamiento utiliza palabras. Con ellas me hablo y decreto. Las creencias son palabras aprendidas y escribo… ¡Voy por la pluma! ¡Ya escribe sola mis pensamientos!

¿Quién tiene el poder? ¿Las palabras o yo?

El poder de la palabra es realmente poderoso, valga la redundancia. Con ella creamos, construimos… y destruimos. Una palabra amable y el alma se aligera. Un insulto y el corazón se contrae. Con las palabras nos determinamos el progreso o el bloqueo en el camino, “soy capaz” “esto es estupendo” o “esto es imposible” “me voy a caer”.

El aire puede vigorizar una fogata o apagar una llama. Un pensamiento que te da alas o te las corta.

El aire mueve la superficie del mar creando olas. Las olas pueden hundirte en el océano o pueden conducirte a la orilla. No te quepa duda, es el pensamiento moviendo los sentimientos.

El aire entra en los pulmones cargado de vida, de energía. Es un hecho, respiraciones conscientes y profundas tienen el poder de cambiar nuestra energía, haciéndonos sentir plenos, en conexión con Todo, con nosotros, con Gaia. Aire cargado de energía que porta información vital.

Somos aliento y soplo divino, energía divina, seres de Luz y, sí, polvo de estrellas. ¡Si supieras el brillo y resplandor que posees!

La palabra debe ser instrumento de amor. La palabra debe estar liberada de energía densa que nos quita brillo y dificulta el camino. Las palabras deben ser respetuosas. Crea un dulce con ellas en lugar de… ¡Ya me entiendes!

Hazte detective de tus propias palabras

Para empezar, revisa tu vocabulario, cómo te hablas y cómo hablas a los demás. ¿Te hablas del mismo modo que hablas a los demás? Si descubres palabras que te encogen, ¡suprímelas de tu diccionario! Busca otras más acordes a ti, a tus sueños, a tus objetivos, a tus metas. Recuerda: haz un dulce.

Observa a los demás. Te resultará también muy útil. El mismo método científico que aplicaste en ti, aplícalo en el discurso de los demás. ¿Qué te parece lo que oyes? ¿Cómo se mueven?

Aunque te resulte extravagante, conecta con el aire. Sal a dar un paseo o asómate a la ventana, que te dé el aire, deja que sea él quien te peine hoy, que juegue con tu cabello. Observa. Escucha. El aire es portador de sonidos. Busca la frecuencia que quieres oír, sintoniza. En la naturaleza te será fácil, ahí es más sencillo escuchar nuestro interior. Si estás en la ciudad, agudiza el oído, seguro que llegan a ti sonidos agradables. ¿Qué te dice? Presta atención, no tengas miedo. ¿Qué se movió dentro de ti junto con él? Es posible que llegues a sentir de modo especial alguna parte de tu cuerpo.

Conecta contigo

Vuelca tu atención a tus pensamientos y a los sentimientos que se mueven con ellos. Ahora toca escucharte, a ti, a la auténtica. Después de todo, tú eres quien importa. El pensamiento querrá jugar contigo. Aquí el detective tiene que ser sagaz. Es probable que haya una voz más fuerte que otra, una convincente, la otra sugerente. ¿Cuál de ellas te da alas? ¿Sientes hormigueo en el útero, se te pone la piel de gallina, o sientes un poco de vértigo? Seguro que es tu voz sabia. ¿Qué debes soltar para volar?

¡Respira! Siéntete viva. Conecta con la alegría y… ¡Sonríe! ¡Y que tus palabras sean respetuosas! La vida es hermosa y tú puedes crear algo bello con tus palabras. En resumen: ¡Hagamos dulces!

Hada Azahara

 

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