El Pacto Sagrado

Cascabel trepó a lo más alto de la higuera al oír los sollozos de la pajarita. Alargó la mano y la mantuvo suspendida en el aire un tiempo. No se atrevió a despertarla por temor a que fuera peor el remedio que la enfermedad. Un destello entre las sombras lo alertó.
– ¿Mamita?

– Sí, soy yo -dijo la abubilla oculta en la oscuridad-. Esperemos a que vuelva.

– ¿Que vuelva?

– Sí.

– ¿No está dormida?

– En cierto modo. Está viajando a otra realidad a través de los sueños.

Cascabel miró a la abubilla un poco confundido. Zoraida despertó sobresaltada y llorando.

– He tenido una pesadilla.

– ¿Quieres contárnosla?

– ¡Mamita! -exclamó la pajarita llorando a mares. Se acercó la abubilla y la rodeó con un ala. -No entiendo porqué los humanos tienen que matar provocando tortura. ¿Por qué ya no siguen las normas de caza animal? ¿Qué hay en el intelecto humano que impide cumplir lo pactado?

Lloró un tiempo, no mucho, porque el ala de Mamita es como una escoba: barre el polvo del alma. Cuando se serenó, Cascabel, muy intrigado, le pidió que relatara su pesadilla.

– Así nos aseguramos que la mandamos al espacio, al lugar que le corresponda.

– Yo estaba limpiando cuando oí unos aullidos de dolor. Me asusté mucho. No sabía qué animal gritaba así. Entonces, aunque el corazón me latía muy fuerte, volé, volé rauda. Agité fuerte las alas para darme mayor propulsión. Los aullidos, cada vez más cerca, me sobrecogían. Llegué sin aliento y la cruenta escena que encontré me paralizó el corazón -sollozó.

– Ahora estás a salvo. ¿Qué viste?

– Un zorro… se retorcía de dolor. Su pata trasera derecha estaba atrapada en un cepo de metal con dientes de tiburón.

– ¿Tiburón? -preguntó sorprendido Cascabel.

– Es un animal que vive en el mar.

– Lo sé. Lo que no sabía es que tú supieras cómo es un tiburón -dijo el duende.

– ¡Claro que lo sé!

– Bien… Continúa, anda.

– Una serpiente estaba a su lado instándole a moverse haciendo eses, tal y como ella se mueve. Le decía: “Hazme caso. Si te mueves como yo, aliviarás el dolor y podrás viajar a través de él”. El zorro le hizo caso y, mientras aullaba lastimero, se retorció de dolor. No tenía miedo de la serpiente porque le había dicho que no le mordería inyectándole su veneno. No podía hacerlo, ¿sabéis?

– ¿Ah, no? – preguntó Cascabel.

– No, porque venía de otra dimensión.

– ¿De otra…? Bien, sigue.

– Sí, le traía un mensaje: viajar con el dolor. El zorro así lo hizo, movió la pelvis en medio círculo y su cuerpo siguió el movimiento trazando unas eses, tal y como lo hiciera una serpiente. El dolor no amainaba, aunque algo era diferente, no sabía qué. “Déjate llevar. Sigue el ritmo”, siseaba la serpiente con dulzura.

Zoraida guardó silencio, con la mirada perdida.

– ¿Y ahora qué le pasa? -preguntó bajito el duende a la abubilla. Pero Zoraida habló antes de obtener respuesta.

– Yo sentía dolor también en mi pata. Era un dolor muy agudo y profundo. Era como… si… Como si yo fuera el zorro, ¿entendéis?

Cascabel, que todavía esperaba respuesta de la abubilla, boqueó como un pez, se tapó la boca y parpadeó. Mamita asintió.

– Nació un baile nuevo, una danza terrena y salvaje. Yo miraba extasiada. No podía liberar al zorro, pero sí podía ayudarle a sobrellevar la agonía. Me uní a la serpiente y silbé un canto que me enseñó Mamita -la abubilla sonrió complacida-. Aquel canto, junto con el movimiento serpenteante evocó en mí un paisaje desconocido y extrañamente familiar. El calor de la tierra, la humedad y la sangre, lejos de producirme náuseas, me acercaron a mi ser más primitivo. No había en aquel lugar nada que me causara sensación de peligro, más bien reinaba una armonía sin límites.

«El zorro seguía moviéndose, yacía en el suelo, sujeto al cepo por la pata rota y sangrante, sus ojos abiertos no veían ya más que colores brillantes. Del rojo carmesí a un naranja con destellos dorados. De este al amarillo cadmio, que cambió sin transición a un verde intenso para llegar a un azul de tonalidad desconocida, pues ni cielo ni agua nos han mostrado nunca antes aquella coloración. Y ahí, en ese extraño azul, dejó de respirar, cabalgando hacia las estrellas a lomos de una beluga, atravesando túneles de agua.

«En aquel instante la serpiente desapareció y yo me quedé sola ante el cuerpo inerte del zorro. No sé porqué lloré. Había dejado de sufrir y en aquellos últimos momentos, a pesar del dolor, supo liberarse de él para ser él mismo. Lo sé porque viví a una con él, vi lo que él y percibí la maravilla de otro mundo.
Quedó en silencio, como si ante ella tuviera aquel mundo maravilloso de colores brillantes.

– No entiendo porqué los humanos tienen que matar provocando tortura. ¿Qué hay en su intelecto que impide cumplir lo pactado? Las criaturas del mundo animal seguimos el Pacto Sagrado de la Vida y la Muerte. Ningún animal en armonía con el Todo ha quebrado nunca este pacto. Siempre la presa da su permiso al predador. El predador siempre pide su consentimiento a la presa. ¿Qué hay de diferente en el humano? ¿Qué es lo que le hace quebrantar el Pacto Sagrado?

– Si no mata con honor tal vez se deba a que no haya honor en él -respondió Mamita.

La pajarita Zoraida no tardó en dormirse de nuevo bajo el arrullo de la abubilla. Ante la puerta de su hogar en la raíz de la higuera, Cascabel oyó la risa de Alf.

– Ven conmigo -le dijo-, acurrúcate aquí.

No se lo pensó dos veces. Se apoyó en el cuello del animal y, cerrando los ojos, se incorporó de un salto.

– ¿Qué es eso?

– Un portal -respondió entre risas Alf.

– ¿Un…? -Se negó a preguntar y a saber ocultando la cara entre el pelo de Alf-. ¡Buenas noches!

Alf, el guardián que todo lo oye jejeje

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