Funeral y renacimiento de un hada

Nubes densas cubrieron el cerrillo oscureciéndolo todo. Un relámpago cruzó el cielo, se desató una tormenta inesperada y el trueno rugió alto.



Los moradores del cerrillo apenas tuvieron tiempo para guarecerse. Las gotas de lluvia eran gruesas y caían con violencia. El sonido que producían en las hojas de la higuera era ensordecedor. Todos guardaron silencio escuchando la tormenta, mensajera de dolor, confusión y poca esperanza.

Tras un corto tiempo intenso y sobrecogedor, la lluvia comenzó a hacerse más fina y pausada, el cielo se aclaró y en el horizonte asomó un arcoíris invertido como un gran sonrisa multicolor. Zoraida, hecha un ovillo en su nido, y Azahara, sentada sobre la rama del Despertar Femenino y sujetando el Libro de las Sombras a modo de tejado, lo miraron embelesadas.

– ¿Estás llorando? ¿Estás triste? –preguntó insistente ante el silencio del hada. Se agitó incómoda por no obtener respuesta a sus preguntas y volvió a lanzar una pregunta–: ¿Qué sucede?

– Vuelve a casa un hada.

Zoraida quedó petrificada porque no entendía que el regreso de alguien causara tristeza.

– Tengo que ir al arcoíris.

– ¿Puedo ir contigo?

El hada miró con ternura a aquella avecilla curiosa.

– ¿Por qué no?

Llegaron en lo que se tarda estornudar. Plumita hizo cosquillas a Zoraida en el pico y ésta al abrir los ojos tras el estornudo no creyó a lo que éstos le mostraban. El despliegue de colores, flores, destellos, hadas y aromas sublimes le pareció irreal.

– Azahara… –llamó conteniendo el aliento.

– Es hermoso, ¿verdad? Quédate aquí, nosotras tenemos trabajo que hacer. Voy a ayudar a mis hermanas a preparar el funeral.

Las silenciosas hadas se movían gráciles entre las flores. Únicamente se oía el batir de alas de las hadas y de los insectos voladores, y el caminar del resto de insectos, y ese sonido era sutil, apenas perceptible, porque vibraba en la frecuencia de los armónicos.

Prepararon un lecho de pétalos tan hermoso que Zoraida deseó uno para su nido, se veía tan confortable, “si no fuera porque se estropean enseguida”, pensó. Alrededor del lecho colocaron campanillas que portaban con sumo cuidado, como si contuvieran algo precioso. Una vez todo bien dispuesto, se colocaron hadas e insectos entorno al lecho y un rayo de sol depositó sobre él un hada gris, macilenta, mustia.

El silencio se hizo un poco tenso por un instante. Había sido anunciado su mal estado, pero al verla temieron lo peor. Comprendió entonces la pajarita la tristeza de las hadas. El arcoíris iluminó al hada gris, mientras las demás, junto con los insectos y las flores, entonaron un cántico alegre que evocaba el amanecer.

Poco a poco, las alas del hada gris comenzaron a tomar consistencia, cada vez más turgentes y brillantes. También su cuerpecito fue iluminándose, recobrando su tersura. Finalmente abrió los ojos y se desperezó.

– ¡Había olvidado mi hogar! ¡Oh, qué hermosa soy! ¡Gracias, hermanas!

– Ya la lluvia te limpió, el sol te entibió y el arcoíris te iluminó –le dijo una mariquita ofreciéndole una campanilla con aguamiel.

El hada bebió sedienta y después comió pedacitos de fruta contenidas en otra campanilla que le acercó un mosquito. Una abeja le llevó polen y otra jalea real.

– ¡Qué sabroso está todo! Un poquito más de aguamiel, por favor.

Y la mariquita se la ofreció.

– Esa sonrisa es lo más bonito que he visto en mi vida.

El hada se ruborizó.

– ¿Bailas?

El hada agitó sus alas, movió los brazos y las piernas, hizo un par de piruetas y, viéndose hermosa y fuerte de nuevo, aceptó el baile.

En ese instante dio comienzo una fiesta sin igual a ese lado del mundo. Los humanos habían perdido un hada, pero las hadas habían recuperado a una de sus hermanas.

Azahara fue al encuentro de Zoraida y la llevó al baile.

– ¡Sí que estás contenta ahora! Plumita, esto hay que escribirlo –la pluma realizó piruetas con la brisa–. ¡¿Ya está hecho?! ¡Oh!

Plumita

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