¡Haz oír tu voz!

Reina en el cerrillo el silencio.

Un manto de niebla lo cubre todo. Nada hace pensar que hay vida dentro de ella, pues reina el silencio en el cerrillo.

No hay nada que delimite el cerrillo. La única presencia es la niebla abarcándolo todo, como si únicamente existiese ella.

– El desierto me parece más alentador, se ve el cielo, el sol desplazándose en su arco, las dunas avanzando lentamente… Solo la aparición de la tormenta de arena lo convierte en un paraje similar al que se aprecia bajo este manto de niebla.

La abubilla se adentró en aquella nube densa y enorme sin temor. Localizó fácilmente el nido de Zoraida y, para no sobresaltarla, se posó en una rama alejada, cantándole su canción favorita.

– U-up-up u-u-up-up

– ¡Mamita! –la voz de Zoraida era apenas audible.

– ¡Haz oír tu voz, hermosa criatura! ¡Canta conmigo!

– No, Mamita, tengo miedo.

– Estoy aquí contigo, ¿me ves?

La abubilla, que ya estaba en una de las ramas sobre las que se asentaba el nido, había acercado su pico hasta casi rozar el de Zoraida.

– No, no te veo… ¡clac, clac! –chocaron los picos y Zoraida se agazapó.

– ¿De qué tienes miedo?

– Me asusto al moverme, ¡hago tanto ruido!

– ¡Haz oír tu voz!

– No se ve y no se oye nada.

– No hay tal oscuridad ni hay tal silencio, amada mía –La abubilla hablaba suave y dulce, enternecida ante aquellos grandes ojos resplandecientes–. Eleva el tono de tu voz. ¡Haz oír tu voz!

La pajarita se irguió alentada por el aplomo de la abubilla, inspiró hondo y… de su pico no salió una nota.

– ¿De qué tienes miedo, Zoraida? Presta atención.

Esperando que Mamita hablase, Zoraida abrió los oídos y los ojos. Oyó unos chasquidos a los que atribuyó una procedencia diferente. Sorprendida y asustada, se hizo un ovillo. Su corazón bombeaba fuerte, tanto que se asustó aún más. Oía sus latidos como si fueran los golpes de un enorme tambor.

– ¿De qué tienes miedo?

La frase parecía un estribillo pegadizo a ritmo de tambor. Cerró fuerte los ojos, incapaz de decir nada y aún menos gritar. La frase y el sonido de sus latidos, unidos en una melodía cíclica, le indujeron un estado modificado de conciencia.

Comenzaron a surgir imágenes de situaciones diversas en las que en algunas era protagonista, en otras era observadora y en otras ni siquiera estaba presente, pero tenían algo de familiar.

– Y bien, ¿de qué tienes miedo? –rompió la abubilla el hechizo.

– Tengo que estar callada para no ocasionar conflictos, para que me acepten en el grupo, para que me quieran. Tengo que estar callada para agradar a los demás y encajar, y así evitar desacuerdos. ¡No quiero estar sola!

– Si callas para que te amen, tú no te amas. Si tú no te amas, los demás no podrán darte el amor que tú no te das. Si tú te amas, no mendigarás amor, porque ya lo tienes. ¡Haz oír tu voz! Tu canto atraerá a otros como tú, no estarás sola, cantarás en un coro. ¡Haz oír tu voz! No permitas que amordacen tu alma. Podrán cerrarte el pico a la fuerza, pero nunca podrán silenciar la melodía de tu alma.

Nuevamente se oyeron los chasquidos, esta vez más próximos, al pie de la higuera.

– ¡Puaj! ¿Qué olor es ese? –gruñó Alf.

Zoraida estalló en carcajadas.

– Es mi bienvenida a una reunión a la que no has sido invitado –respondió Mamita, que había secretado una sustancia de sus glándulas uropigiales.

– Así que ya estás de vuelta –ladró–. Me preguntaba si esta densa niebla te desviaría de ruta.

No tardaron en oírse los tintineos de Cascabel. Alertado por las risas de Zoraida y los ladridos de Alf, salió raudo de su cobijo. Aquel bullicio dio paso a un canto armónico improvisado de gran belleza. La niebla fue disipándose paulatinamente conforme el canto progresaba, dando paso a una tarde fresca de primavera.

Reina el canto en el cerrillo.

Mamita, abubilla que canta

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