La caída de Mujer Celeste

– ¡Eeeeeeeehhhhh! –gritó Zoraida.

Su piar extraordinario se extendió por el lugar con total claridad hasta alcanzar las cumbres, aquellas que cruzó un día junto a Azahara para llegar al otro lado del arcoíris. Y allí, extrañamente, el grito retornó aún con más fuerza. ¡Todos tenían que oír lo que estaba apunto de anunciar!

– ¡Venid, venid! Plumita nos ha traído una historia de muy lejos y muy antigua –su entusiasmo no dejaba indiferente a nadie, despertando la curiosidad incluso en aquellos más aletargados que comenzaban a desperezarse para no perderse una coma. E hicieron bien, porque Zoraida no esperó a tener público. Sabía que su voz se oiría lejos. Plumita, también alborozada, se agitaba en todas las direcciones, apremiándola.

«En invierno, cuando la verde tierra descansa bajo un manto de nieve, llega el momento de las historias. Los narradores han de invocar, antes de dar comienzo a su historia, a aquellos que vinieron antes que nosotros y nos las transmitieron. No somos más que mensajeros.

En el origen existía el Mundo del Cielo.

Cayó como cae una semilla de arce, dibujando una pirueta en la brisa otoñal. De una abertura en el Mundo del Cielo surgió un haz de luz, que le indicó el camino allí donde antes solo había oscuridad. Tardó mucho tiempo en caer. Traía un paquete en el puño cerrado.

Mientras se precipitaba, no veía más que una oscura extensión de agua. Un vacío en el que, sin embargo, había muchos ojos, fijos en el choro inesperado de luz. Vieron algo muy pequeño, una mota de polvo en el rayo. Según se acercaba, observaron que era una mujer, con los brazos estirado y una larga melena oscura extendiéndose a su espalda. que se dirigía hacia ellos dibujando una espiral.

Los gansos se miraron y se hicieron una señal y levantaron el vuelo en una algarada de música ansarina. La mujer sintió el batir de alas que trataba de amortiguar su caída. Lejos del único hogar que había conocido, aguantó la respiración y se dejó envolver por las plumas suaves y cálidas que acompañaban su caída. Y así comenzó.

Los gansos no podían aguantar a la mujer sobre el agua mucho tiempo, por lo que convocaron una reunión para decidir qué habría de hacerse. Ella, sobre las alas de los gansos, vio cómo se acercaban todos: colimbos, nutrias, cisnes, castores, toda clase de peces. En el centro se colocó una inmensa tortuga y le ofreció el caparazón para que descansara. Agradecida, pasó de las alas de los gansos a la superficie abovedada de su espalda. Todos los animales presentes comprendieron que la mujer necesitaba tierra para crear su hogar y debatieron la manera de ayudarla. Los grandes buceadores habían oído hablar del cieno en el fondo del agua y decidieron ir a buscar un poco.

Colimbo fue el primero, pero el fondo estaba demasiado lejos y al cabo de un rato regresó a la superficie sin recompensa a sus esfuerzos. Uno tras otro, el resto de los animales lo intentaron -Nutria, Castor, Esturión-, pero la profundidad, la oscuridad y la presión eran obstáculos demasiado grandes hasta para el mejor de los nadadores. Volvían faltos de aire y con un pesado zumbido en la cabeza. Algunos no regresaron. Muy pronto, solo quedó la pequeña Rata Almizclera, la que peor buceaba de todos. Ella también se presentó voluntaria, ante la escéptica mirada de los demás. Al sumergirse le temblaban las patitas. Pasó mucho tiempo bajo el agua.

Todos esperaron y esperaron a que regresara, temiendo un terrible desenlace para su hermana, hasta que vieron emerger un chorro de burbujas junto al pequeño cuerpo inerte de Rata Almizclera. Había dado su vida para ayudar a una pobre humana. Entonces observaron que tenía algo agarrado con fuerza. Le abrieron la patita y en ella había un poco de tierra de las profundidades. <Ven, ponla sobre mi espalda y yo la sostendré>, dijo Tortuga.

Mujer Celeste se agachó y con sus manos extendió el lodo sobre el caparazón de Tortuga. Conmovida por los extraordinarios obsequios que le entregaban los animales, entonó un canto de agradecimiento y empezó a bailar, y sus pies acariciaban el cieno. Este creció y creció, extendiéndose gracias a la danza, y de la pizca de barro que había sobre el caparazón de Tortuga se formó toda la tierra. No solo por obra de Mujer Celeste, sino por la conjunción alquímica de sus profunda gratitud y los dones de los animales. Juntos formaron lo que hoy conocemos como Isla Tortuga, nuestro hogar.

Como todo buen huésped, Mujer Celeste no venía con las manos vacías. Conservaba aún el paquete en la mano. Antes de caer por el agujero del Mundo del Cielo, se había agarrado al Árbol de la Vida, que crecía allí, y había traído consigo algunas de sus ramas: frutos y semillas de toda clase de plantas. Las repartió sobre la nueva tierra y cuidó de todas ellas hasta que el color de la tierra pasó de marrón a verde. La luz del sol manaba a través del agujero en el Mundo del Cielo y permitió que las semillas germinaran y crecieran. Por todas partes se extendieron hierbas, flores, árboles y plantas medicinales. Y muchos animales, ahora que tenían abundante comida, vinieron a vivir a Isla Tortuga.»

Zoraida, muy emocionada, agarró a Plumita con suavidad, se la acercó a la cara y la acicaló como si fuese una de sus plumas. Plumita se dejó hacer y cuando la pajarita dio por terminada la labor, la acarició. “Gracias por esta bella historia”, dijo Zoraida cerrando los ojos. Plumita se posó sobre ella y nadie las molestó hasta el alba.

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* La historia de “La caída de Mujer Celeste” la encuentras en el libro Una trenza de hierba sagrada, de Robin Wall Kimmerer, ed. Capitán Swing Libros, S.L.

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