La Montaña Dificultosa

– Capítulo sin numerar, La Montaña Dificultosa. ¿Quién ha escrito esto? -pregunta Azahara, que me ha abierto dispuesta a escribir en mí.

– Yo no -responde Zoraida.

– A mí no me mires -dice Alf mientras levanta una pata y orina en la higuera.

– No sé de qué me hablas -Cascabel, relajado sobre la rama como un guepardo en la siesta, se encoge de hombros y continúa impertérrito.

El hada sin alas mira a todos con ojos penetrantes. La anciana higuera ni se inmuta. “Mamita no está, ¿habrá sido ella?”, es lo que piensa. A mí no se le ocurre preguntarme porque, como buen Libro de las Sombras que soy, sólo cuento lo que está escrito en mis páginas.

– Plumita… ¿Dónde está mi pluma? La había dejado aquí. ¡Plumita!

La pluma del hada asoma entre las hojas de la higuera, tímida y cabizbaja.

– ¿Qué haces ahí? ¡Ah! Tú sabes quién ha sido.

Plumita asiente pero no dice ni pío.

– ¿Estás enfadada? -pregunta Zoraida.

– No, no lo estoy.

– ¡Sí lo estás!

– Estoy molesta, eso es todo.

– Estás enfadada -confirma Cascabel.

– No entiendo cómo… No sé quién ha podido escribir esto… -mira a Plumita, agazapada entre las hojas.

– No te lo va a decir -dice con suavidad la higuera-. ¿Por qué no lees ese capítulo misterioso?

– De acuerdo. Capítulo sin numerar, La Montaña Dificultosa.

«Soy una montaña muy especial. No hay en el mundo montaña como yo. ¡Me río yo del Everest, escalada por montañeros aguerridos! A mí, la Montaña Dificultosa, los hombres me temen. Son pocos los que osan escalar mis lisas paredes. Estoy llena de misterio, de lugares de lo más in (ríe estruendosamente) y bosques salvajes. He ido creciendo a lo largo de los años y me mantengo con fuerza, como montaña que soy.

«¡Ay, los humanos! ¡Infelices! Cuando me miran, echan pestes contra mi. Sin embargo, la mayor parte del tiempo lo pasan fingiendo que no estoy. Parece que no se dan cuenta de que mi sombra, oculta en la oscuridad de la noche, les roba el sueño reparador. Mi gran tamaño eclipsa los sueños-proyectos-deseos-aspiraciones-ambiciones-anhelos que pudieran surgir en el día. Que me ignoren o me apesten, ¡a mí, plin! Es más, mejor que mejor. Ocupados en ese trabajo, ¡yo crezco!

«Aparentemente, soy invisible para los niños. Y a ciertos tipos de personas -deben ser mineros-, no les supone ninguna dificultad taladrar mi roca. Ni niños ni mineros ven en mí proezas irrealizables, utópicas, imposibles, impracticables, difíciles, quiméricas, ilusorias o ficticias. Más bien, parecen disfrutar extrayendo de mí mi mineral más preciado, el in-loquesea: imposible, insuperable, incapaz, inimaginable, inútil, irrelevante, y demás negaciones. (También forma parte de mí otro mineral. Este es capaz de poner a algunos humanos los pelos de punta, como escarpias, es el -cida: homicida, herbicida, insecticida, fungicida, bactericida, suicida, entre otros exterminadores)

«Los niños acaban por hacerse adultos y, siendo sus mayores los que les hablan de mi, una y otra vez, la minería deja de resultarles un trabajo agradable. Son estos los que transforman la vida en una pesadilla, haciendo que sus mentes y cuerpos arrastren la carreta llena de “ahí voy, tirando”, “esto es lo que hay”, “no puedo”, “necesito”, “soy un inútil” y un largo etcétera. ¡Es genial! Claro, porque cuando están entretenidos en arrastrar esas pesadas carretas, ¡no pueden siquiera plantearse el horadarme!

«Los mineros me preocupan. Una vez que descubren las herramientas para taladrarme es difícil pararlos. Sin embargo, no está todo perdido. Soy enorme y no todos han abandonado sus carretas. Unos más que otros las llevan ligeras, pero, mientras conserven sus carretas, ¡cuento con ellos para que las vuelvan a llenar y seguir en pie!

«También me resulta enormemente provechoso que los humanos se envenenen. ¡Esto me entusiasma! ¡Es un trabajo en el que yo no formo parte! No directamente, claro. Y es que se envenenan con comida que no es alimento y con medicinas que les anulan las defensas del propio organismo. Todo ello, fabricado por ellos, les embota la mente y les cierra el corazón. Y así… ¿Quién va a tener el ingenio -este in no es mi in, sino mi out- para ver y mostrar lo que soy en realidad? Si supieran que crezco gracias a todo lo que les impide la conexión con la Naturaleza, con su ser más profundo.

«La ciudad, con su peculiar modelo de organización y administración, y con su ritmo trepidante, los ha alejado de la lentitud, la calma, el sosiego de la Naturaleza. Aquella es la que les proporciona las carretas que ellos van llenando a placer, con un placer consumista que es pura delicia, obligándose a seguir rutinas y hábitos que les privan de sentirse.

«Definitivamente, esta desconexión, más o menos grande, los conduce a la enfermedad, haciéndoles perder su esencia divina. Así, mientras ellos van viviendo como autómatas, dormidos, soñando que la realidad es inmodificable, creyendo que este mundo es una porquería y que requiere de grandes proezas para que sea mejor, ¡yo voy creciendo!

«En la Naturaleza todo está en perfecto equilibrio, excepto cuando el ser humano la manipula con sus -cidas e in- (¡mis minerales preciados!) para su propio beneficio. ¡Cómo me gusta el propio beneficio! No hay nada como desear algo externo, esa inconmensurable sensación de insatisfacción, que no es otra cosa que ingratitud. ¡Loado sea el sistema que, por mantenerse, atenta contra su entorno y, por consiguiente, contra sí mismo!

El hada me cierra en una palmetada.

– ¡No me gusta esa montaña! -exclama Zoraida indignada.

– No te asustes, pajarita -dice la higuera meciendo el nido.

Cascabel salta por las ramas y las risas que se originan borran la sombra de la Montaña Dificultosa en el cerrillo donde la anciana higuera se yergue hermosa. Azahara corre veloz a guardarme, pero antes de soltarme, vuelve a abrirme, deseando que la historia haya desaparecido. Nada de eso. Esta vez, yo, Libro de las Sombras, me cierro solo para atesorar mi capítulo sin numerar. El hada, sorprendida, vuelve a la higuera con la esperanza de que su pluma resuelva el misterio del autor desconocido. Plumita, tal y como ha dicho la higuera, continúa sin decir ni pío.

Libro de las Sombras

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