La muerte es un tránsito a la Luz

Zoraida dio saltos por las ramas de la higuera. No creía a sus ojos. Miraba y remiraba, girando a uno y otro lado la cabeza. Se acercaba y se alejaba, comprobando que la perspectiva, aun siendo diferente, le mostraba el mismo destrozo.

Cascabel trepó por la higuera tintineando como alegres campanillas y se sentó al lado de la pajarita con una amplia sonrisa.

– ¿De qué te ríes?

– No me estoy riendo. ¡Sonrío!

– Buenoooo. ¿Y por qué sonríes?

– Estoy feliz.

– ¡Ah! –Miró después lo que quedaba de su nido y la rama.

– ¿Te entristece lo que ves?

– No, la verdad es que no –respondió tras un silencio–. No. El nido no es un problema, se vuelve a hacer. Lo que no entiendo es cómo se ha roto esta rama de la higuera. En realidad, no tanto cómo se ha roto sino cómo se ha curado.

– ¡Ah, es eso!

– ¡Mira! Ven, ven.

Zoraida le mostró las cicatrices de la rama.

– ¿Te das cuenta? ¡Tendría que estar tronchada, rozando el suelo vencida y muerta! Sin embargo… ¡Ya ves! – Cascabel rió–. ¿La curaste tú?

– No, no. Acabo de llegar, como tú.

– ¿Tampoco has estado aquí durante el invierno? ¡Huyyyyy!

– Si queréis os cuento la historia –dijo la anciana higuera en un hilo de voz.

– ¡Sí, por favor! –aplaudió Zoraida.

La higuera, que ya abrió sus brotes y luce hermosas hojas verdes, les narró las visitas de Pedagogra con sus obras y milagros, y después les indicó el lugar en el que dejó la carta. La leyó Cascabel a petición de Zoraida, ¡estaba tan nerviosa!

– No es esta la única carta, hay otra. La dejó una anciana que se convirtió en cuervo.

– ¿En serio?

Tanto ella como Cascabel oyeron el relato sin pestañear.

– Y ahora mira ahí, ¿lo ves? –dijo la anciana higuera.

– Sí que esconden bien las cartas, caray –suspiró la pajarita.

– ¿Leo?

– Espera, vamos a llamar a Alf, no sea que…

Las risas de Cascabel atrajeron al podenco; al segundo ya estaba bajo la rama, mirándolos.

– Vamos a leer la carta que dejó la anciana –dijo Cascabel sin ceremonia, desdoblando con cuidado el papel, bajo la atenta mirada de Alf. La humedad había hecho sufrir el papel, pero era legible.

La muerte es un tránsito a la Luz.

A veces, pisando la tierra olvidamos nuestra divinidad. La oscuridad parece adueñarse de nuestra alma, así como la noche sin luna en el firmamento impide ver el camino.

He visto morir a muchos y me ha dado consuelo ver, en ese momento aparentemente trágico, fuera por las heridas o por la enfermedad, asomar una luz que calmaba a quien estaba en el tránsito. Sí, la muerte es un tránsito, como es el nacer.

Lavar los cuerpos y amortajarlos es mi oficio. Pareciera un castigo, algunos así lo consideran, incluso me apartan como si tuviera la peste. Es oficio de baja casta. Pero, para mí, es un honor.

Cada vez que limpio y preparo un cuerpo lo honro. Le agradezco todos los esfuerzos y penalidades que ha pasado. Masajeo el cuerpo para decirle al alma que ya terminó todo y puede volver a casa. Lo unjo con esencias florales para recordarle las cosas buenas. Así el cuerpo puede volver a la tierra a nutrirla como antes hizo la tierra con él. Favor por favor. ¿No es hermoso?
Me gusta lo que hago.
Agradezco a la vida sus misterios que no comprendo y que alegran mi corazón. A veces canto, no sé por qué ni por qué no. Es como cantar una nana. El alma debe partir alegre, sea cual fuere su vida en tierra.

A veces, es duro cuando se trata de bebés o infantes, incluso mujeres violentadas y asesinadas, aun los ajusticiados. Las lágrimas son medicina para esas almas. Y para mí, sobre todo para mí.

Ojalá que mis hijos y los hijos de mis hijos no lleguen a vivir semejantes calamidades. ¡Es tan grande nuestro corazón! Algún día, lo sé, abriremos los ojos y el corazón.

Jorja la Amortajadora

El silencio se impuso y el ocaso atrapó la atención con sus colores rojizos y anaranjados en el horizonte.

Libro de las Sombras

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