La sombra de una duda

– ¡Azaharaaaaaa! –gritó a pleno pulmón Zoraida.

– ¿Se puede saber a qué viene tanto grito? –protestó la higuera somnolienta.

– ¡Ay! ¿Por qué me sacudes? –pió lastimera.

A mitad de otoño la higuera se mantenía verde, si bien lucía claros, las puntas de algunas ramas estaban desnudas y unos higos tardíos parduzcos. La sacudida arrojó algunas hojas. Alf ladró con furia, no le agradaban nada los sobresaltos durante su siesta.

– ¿Qué pasa aquí?

– Me está llamando Zoraida –dijo bajito Azahara. Salía empapada de debajo de una hoja de higuera que le había caído encima, dándole un baño antes de cubrirla.

Cascabel trepó en un alegre tintineo hasta el nido de Zoraida.

– Paz y Amor –canturreó alegre el duende –. Calma en la copa, calma en las raíces, calma en la lluvia, calma en los corazones.

Las vibraciones del tintineo jocoso y despreocupado de Cascabel les hizo estallar en una carcajada. La higuera se sacudió como si se hubiera levantado vendaval y Zoraida tuvo que agarrarse fuerte para no caer.

– Ahora dinos, ¿a qué cuento tanto grito? –ladró Alf molesto.

– ¡He soñado!

– ¡Buenooooo! Ya estamos con los sueños. ¿A que Mamita estaba en él? –Se burló Alf. La pajarita asintió entusiasmada–. ¡Lo dicho! Ese pájaro es más visible cuando no está que cuando está.

– ¿Qué quieres decir? –Frunció el ceño Zoraida.

– Ahora es cuando narra el cuento –bufó el podenco, retirándose y acurrucándose fingiendo retomar la siesta.

– Mamita me ha mostrado unos huesos.

Alf irguió una oreja, ¡qué manjar los huesos de res!. Zoraida, entre destellos rojizos, había bajado ya como una centella al lado de Azahara.

– ¡Eran tus huesos!

– ¡Puaj! –resopló el podenco.

– Estaban en el arcoíris, ¡donde me llevaste la otra vez! ¿Recuerdas?

– ¡Claro, es mi hogar!

– Pues, ¿sabes? ¡Tus huesos tenían alas!

Zoraida, excitadísima, rodeó al hada mirándola de arriba abajo. Como Azahara no reaccionara, le dio toquecitos por toda la espalda, palpando después con esmero, asegurándose de que los bultos que advertía eran las alas a punto de despuntar y no los pliegues que ella misma hacía en la túnica mojada al toquetearla.

– ¿Y bien? –preguntó Cascabel.

– Nada –pió decepcionada–, no hay alas. ¡Pero las vi!

– ¿Qué más viste en el sueño? –preguntó el hada.

– Bajamos unas escaleras que subían…

Alf rió entre dientes.

– Shhh –reprendió Cascabel.

– Ya sé que es raro subir mientras se baja –dijo en un hilo sacudiendo las alas entre destellos rojizos–. ¡Me mareé!

– Sigue –alentó Azahara.

– Llegamos a unas montañas muuuuuuy altas. Desde ahí se veía tooooooodo el mundo. ¡Y tú eras la reina y volabas sin cansarte jamás!

– ¿Y cómo eran mis alas?

– Como las de tus hermanas… ¡Más hermosas!

– Oye, Zoraida, ¿qué tienes bajo el ala? –Interrumpió Cascabel–. Cuando te mueves algo resplandece como llama de fuego.

– ¿Llama de fuego? –Se miró por todas partes, agitándose nerviosa–. ¿Ha vuelto Pedagogra?

– No, solo una nebulosa que se movía como un caballo.

– ¡Un caballo! ¡Ah, entonces es eso!

– ¿El qué?

– Me saludó muy gentil un hombre pelirrojo montado a caballo y me dijo: “Lleva esto a la higuera del cerrillo, por favor”. ¡Se me había olvidado! –Le dio la risa y realizó piruetas en el aire.

– ¿Cómo perdiste tus alas? –preguntó Alf.

El hada, con el sobresalto, se elevó por los aires.

– ¡Yujuuuuu! –exclamó el hada planeando feliz.

– ¿Qué milagro es este? –Cascabel no daba crédito.

– ¡El regalo del pelirrojo! ¡El regalo del pelirrojo! –repetía Zoraida que lo mismo batía palmas y saltaba como revoloteaba alrededor del hada voladora.

Alf se acostó cubriéndose las orejas con las patas y apretó los ojos. Cascabel repiqueteó y con dulzura sopló en su trufa. El podenco, reconociendo el aroma, abrió los ojos y destapó una oreja.

– ¿Por qué estás de mal humor?

– Algo me dejó la nebulosa.

– ¿La que se movía como un caballo?

– Ahá, creo que es la sombra de una duda. Creí que la higuera había purificado el cerrillo, pero cuando Zoraida ha comenzado a gritar, se ha despertado.

– ¿Qué duda es esa?

– No lo sé.

– ¿Hablaste con la nebulosa?

– ¡Ella habló! ¡Uf, qué historia! Se convirtió en una mujer india. También ella mencionó a un pelirrojo. Se sentía traicionada y traidora, claro que ella solo habló de ser ella la traidora.

– ¿Es esa la sombra de la duda?

– ¡Sí, es esa!

El alborozo de Alf se elevó por encima de las risas de Zoraida y Azahara. La higuera, que se había dormido, se sacudió otra vez y llamó al orden. Una vez calmados y puesta al corriente de las novedades, les dijo que había realizado una llamada al arcoiris, pues la luz y el agua tienen mayor información de lo que sucede en el planeta y responden más rápido. Zoraida aclaró qué era aquello del regalo del pelirrojo. Se trataba de cabello trenzado, una pequeña trenza realizada con los cabellos de la india y del pelirrojo.

– ¡Qué hermosa prueba de amor! –exclamó Cascabel.

– ¿Y tú qué tienes que ver en esta historia?

– Cuando las personas dejan de creer en sí mismas y vagan por el mundo ajenas a todo lo bueno que les rodea, las hadas perdemos las alas. Y, tal como habéis visto, cuando se reconocen en su libre albedrío como seres creadores de sus vidas, las recuperamos.

– A mí no me engañas. Tú tienes algo que ver con esos dos –El podenco escudriñó al hada.

– Tienes razón. Yo acompañé a la india, le daba señales, pero no las entendía. Cerró su corazón. Y al hacerlo, mis alas se desintegraron. Plumita me acompaña desde entonces. Ella formó parte de su tocado.

– Y eso de los huesos, ¿qué significa? No entendí.

– Los huesos representan las experiencias y las heridas sufridas en la vida.

Alf miró a todos con ojos bien abiertos, hubiera realizado más preguntas, pero algo se movió entre la maleza y, como buen cazador, corrió hacia allá sin cuestionarse nada más. Cascabel enterró la trenza donde le señaló la higuera, cantaron, rieron, bailaron y, quienes podían, volaron.

Zoraida y Azahara, junto con Plumita

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