Un pie derecho saltarín

Un pie derecho se mueve a saltos alrededor de la higuera. Alf lo vigila de lejos, agazapado tras unos arbustos. Es ya mediodía y el pie no para de moverse entorno al árbol desnudo con movimientos aleatorios. Finalmente decide acercarse. Tiene en cuenta la dirección del aire, quiere llegar ante él sin ser delatado. Se mueve sigiloso como un gato, parándose y acechando al pie, que no se está quieto más de un segundo, como si el suelo le quemase. Da un brinco, pero el pie escapa. No ha logrado tocarlo siquiera. Lo persigue con más tenacidad. La caza ya ha sido declarada. Corre tras el pie, salta sobre él, zigzaguea, derrapa, se agazapa, brinca. El pie escapa siempre ileso, es un magnífico saltarín. E incansable. Alf, por el contrario, ya jadea, pero no cede, está dispuesto a atraparlo.

El rumor alerta a Cascabel, que acaba abandonando su lectura, intrigado por aquello a lo que Alf está persiguiendo. Al abrir la puerta, retrocede asustado. Ve caer algo enorme ante sus narices, pero antes de recuperar el aliento, desaparece. Asoma la cabeza con prudencia y recibe en la cara una lluvia de tierra que las zarpas de Alf arrancan al derrapar.

– ¡Buenoooo! –Protesta el duende frotándose los ojos–. ¿Se puede saber qué pasa?

Alf se gira sobre sus talones y le planta el hocico en la cara.

– ¡No protestes tanto y ayúdame!

El podenco no espera respuesta y sale en pos del pie saltarín. Cascabel no da crédito. ¡Un pie derecho saltando como loco por el cerrillo!

– ¿Habrá cruzado el portal? ¿Vendrá de otra dimensión? ¿Dónde está el resto del cuerpo? ¿Por qué está solo?

– ¿Me ayudas o no?

La exigencia del podenco, que ya no está, lo trae de vuelta de sus tribulaciones. Observa admirado a perro y pie, que parecen saltar a perfecto contratiempo. Algo en su ir y venir lo anima a saltar también y a los saltos se suman sus tintineos. Poco después, sus carcajadas. La pareja de bailarines da paso a un corro de tres en el que no se sabe quién persigue a quién, y en el que solo uno de ellos toca suelo mientras los otros dos están en el aire en diferentes fases del salto.

– Parece que busque un punto de apoyo, pero no hay ninguno que lo satisfaga –dice Alf.

– Yo creo que busca libertad de movimiento –comenta entre risas Cascabel.

– ¿Acaso entiendes algo de su lenguaje?

– ¡En absoluto! –responde en un magnífico brinco.

– ¿Se puede saber qué te hace tanta gracia?

– ¡Es divertido!

A cierto punto, el ritmo disminuye paulatinamente. Alf no quita ojo al pie y se abalanza sobre este, atrapándolo ¡por fin!

El pie derecho permanece quieto, no hace ademán de escapar. Únicamente mueve rápidamente los dedos cuando los bigotes del podenco rozan la planta.

– No veo nada extraño en este pie. Salvo, claro, el hecho de que esté solo… ¿A dónde vas?

El podenco lleva cogido el pie como si fuera un cachorro. Al llegar al tronco de la higuera, lo deposita con cuidado sobre una de las raíces que sobresalen del suelo.

– Me da en el hocico que este pie está buscando la armonía con Madre. Si no, ¿por qué se ha quedado tranquilo tras la danza en corro? Diría incluso que le ha hecho feliz que lo tocase. ¡Mira ahora! Parece que esté dormido.

Cascabel, cauteloso, se aproxima. El pie derecho parece suave y cálido, no hay en él signo de durezas o callos. Su forma es armoniosa, en su curvatura plantar y en los dedos bien proporcionados. ¡Un pie derecho perfecto!, esa es su conclusión.

– Creo que está aquí de tan perfecto como es.

– No, no es perfecto. Nadie llega al cerrillo sintiéndose perfecto. De hecho, todos los que llegan aquí, echan en falta algo.

– ¿Ah, sí? Entonces, ¿qué le falta?

– Yo diría que le falta comunicar al resto del cuerpo el bienestar, la seguridad, el apoyo, el saber por dónde ir, la seguridad de saber a dónde ir y de tener lo necesario –Alf susurra al pie, como si le hablara al oído –: Te acompañan el bienestar, la seguridad, el apoyo. Estás sostenido. Tu corazón te guía y tú lo escuchas alto y claro. Sabes a dónde ir. Tienes la seguridad de saber dónde pisas y a dónde vas. Sabes que tienes todo lo necesario para tu viaje, en cada etapa del camino tienes todo lo que necesitas.

Cascabel permanece mudo, no sabe qué decir. Observa fascinado al podenco acostado al lado del pie y a este, que parece agradarle el cálido aliento. Se levanta aire que arrastra hojas. Ninguno se mueve. El sol está bajando. Sus últimos rayos inciden en la higuera y en el pie, que mueve los dedos y da un salto, desapareciendo del cerrillo.

– ¿Habrá transmitido ya el mensaje y por eso se fue?

Alf bosteza y, sin decir palabra, se hace un ovillo.

Madre Tierra, perfecta armonía.

Written by

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.