Un ratón volador llamado Sonrisa

Sube por el cerrillo con paso irregular, la mirada dirigida al suelo. Al ver las raíces sobresalientes de la higuera se detiene y mira el árbol de arriba a abajo. Se muerde los labios y, tras dudar unos instantes, se sienta con descuido, sacándose el bolso bandolera que la despeina. Por primera vez mira sin ver en derredor con un mohín indescifrable. Extrae del bolso sin miramientos un cuaderno en el que garabatea sin alzar la vista. El ruido del lápiz friccionado contra el papel y sus soplidos parecen gritar auxilio.

En la parte baja del cerrillo, Azahara revolotea sobre las margaritas. Desde que le surgieron las alas disfruta como una mariposa yendo de acá para allá, juega con las flores y les hace cosquillas. En ocasiones, vuela tan rápido realizando círculos que hace surgir destellos, como ahora.

La mujer los percibe por el rabillo del ojo y, un tanto desconcertada, fija la vista en la falda del cerrillo donde hay un corro de margaritas. Cierra el cuaderno y desciende intrigada, atraída por ese reflejo intermitente que aparece sobre ellas y que desaparece definitivamente al entrar en el corro.

Perpleja y decepcionada mira entre las margaritas y ríe. Al inicio su risa es apenas un atisbo, pero pronto se hace grande, como si le hicieran cosquillas en las plantas de los pies calzados.

Arrebolada por la risa, se sienta, atusa sus cabellos y acomoda los pliegues de la camisa y la falda. Permanece en su cara la sonrisa.

Se siente bien, más que bien. ¡Hacía tanto tiempo que no reía! Había llegado ahí caminando sin rumbo, con el único deseo de dar rienda suelta a su enfado. ¡Se sentía tan confusa y desorientada!

Ahora, ahí sentada, lo que la trajo al cerrillo carece de importancia. Lo que la tenía enojada le parece una pequeñez. ¡Qué importante es cambiar de perspectiva! La confusión y la desorientación le parecen producto de mirar la situación desde el ángulo equivocado.

Dejándose llevar por una pulsión, se tira en el suelo abriendo brazos y piernas. Una sensación de libertad la recorre por entero. ¿Alguna vez sintió algo parecido? Recorre los pasillos de la memoria buscando algo similar. Tiene que retroceder mucho en el tiempo para encontrarlo.

Había olvidado cómo era de niña. Esa niña le parece pertenecer a otra. ¿En qué momento la dejó olvidada en el desván como a una muñeca vieja que se guarda por no tirar?

Los pasillos de la memoria van haciéndose un poco más claros y asoman recuerdos entre los estantes temáticos: la escuela, la casa de los abuelos, sus padres, la muerte de familiares, los terrores nocturnos… Algunos duelen, mucho. Intenta apartarlos, dejarlos en sus estantes, pero ellos insisten paseándose ante ella. No quiere llorar, ahora no. Respira para salir de esa biblioteca fantasmagórica. Mira al sol y cierra los ojos, pero sigue ahí y se agita. ¿Por qué ahora?

Se incorpora y corre, huyendo de la biblioteca, corre algo enajenada hacia la higuera donde dejó el cuaderno. Mira las páginas abiertas con sorpresa, jadeando. ¿Cuántas veces garabatea con frenesí y de ahí salen dibujos extraños? ¿Acaso no fue eso lo que la asustó y le hizo abandonar los pinceles? Alarga el brazo para recoger el cuaderno, como si estuviera ante uno de los estantes de la biblioteca de su memoria. Ya no puede contener las lágrimas que le corren por las mejillas.

Admira el dibujo como si lo hubiera hecho otro, le sorprenden los detalles. Ella solo ha visto murciélagos en el aire. De pronto, un recuerdo salta descarado.

– ¡Oh! ¡Es el ratón volador! ¡Sonrisa!

No puede evitar sonreír, a pesar de las lágrimas. Aquel animalito aparecía en la noche cuando la atenazaban los miedos. Era el único ser que la consolaba y le hablaba, haciéndole comprender los misterios de la oscuridad. Siempre la iluminaba con su sonrisa, por eso ella lo llamaba Sonrisa, a veces a pleno pulmón antes de dormir.

¡Lo había olvidado por completo! Se prometió a sí misma llamarlo esa misma noche.

Plumita, la escriba del Libro de Las Sombras que sabe hacer cosquillas en los pies calzados

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