Un resplandor en el cielo azul oscuro

Un resplandor en el cielo azul oscuro, como una estrella fugaz, fue el anuncio. Casi al instante le siguió un coro de aullidos y cantos de aves nocturnas. Zoraida pió una ligera exclamación, escuchó atenta los cantos e imaginó en el horizonte el punto en el que se encontraría el arcoíris. En otro momento le hubiera pedido a Azahara ir con ella, pero esta vez se arrebujó, acompañada de la quietud que sentía en su corazón. Miraba al cielo con interés, buscando indicios en la oscuridad que mostraran a aquellos seres que, se le antojaba, cubrían el cielo. Había entre aquellos cantos voces melodiosas que le resultaban muy atrayentes y no sabía a quiénes pertenecían. No tardó en ver el destello del hada, que acompañada por Plumita, acudía rauda al otro lado del arcoíris.

Ante la sorpresa de Azahara, Plumita no traspasó el colorido arco, se despidió con un garboso giro. Planeó sobre las corrientes y viró con gracia para colocarse en la más conveniente y llegar de regreso, así de fuerte el impulso de reunirse con el Libro de Las Sombras y bailar en sus páginas.

No tuvo que rebuscar. Sin importar el empeño del hada por ocultarlo, la energía chispeante que la recorrió hizo que se encontrase bailando sobre él sin saber cómo.

De preguntarle, Alf hubiera jurado sobre el fuego, sin temor a quemarse, que el Libro de Las Sombras salió de su escondrijo con el gozo de quien va al encuentro del amante, incluso como un furtivo.

Ni siquiera Azahara se lo cuestionaría a su regreso al ver nuevas páginas escritas. Tampoco la durmiente higuera, a pesar de estar sumergida en el letargo invernal. Un secreto a voces.

Alf, de preguntarle, también hubiera jurado sobre el fuego y sin temor a quemarse que la higuera más que durmiente es una farsante que aprovecha la hibernación para espiar a sus anchas.

Del mismo modo que Alf sería capaz de jurar sobre el fuego esto, jamás juraría ser él lo contrario. Pero a nadie se le ocurriría preguntarle, pues todos están al tanto de sus habilidades y aún más, lo aman tal cual es.

Y, sin embargo, a pesar de estas habilidades que son altas capacidades, ni higuera ni podenco han logrado saber qué líneas han sido escritas en el Libro de Las Sombras. Libro, pluma y hada guardan silencio sepulcral.

Habrá quien considere que en el cerrillo reina un ambiente funerario este invierno, especialmente, quizás, desde que un resplandor en el cielo azul oscuro, como una estrella fugaz, anunciase la muerte de un hada; ambiente funerario en el que no caben preguntas ni intromisiones, cada uno a sus cosas, ajeno al otro. Falsa apariencia. Es el ambiente de introspección que crea la luna negra en su baile con otros planetas, logrando el reinado de la auto-reflexión y de la buena voluntad porque se cuidan unos de otros sin intromisión.

Este invierno, Zoraida permanece en el cerrillo agazapada en su nido totalmente desprotegido. Así hace cuando necesita acudir a sus profundidades abismales, su peculiar migración. Su plumaje la resguarda del rigor invernal, y cuando este es especialmente crudo siempre aparece quien le ofrezca calor. Anteriormente fue una lechuza. En ocasiones, Cascabel trepa a la copa y se acurrucan.

Esta noche, con la luna sonriente en el cielo, Plumita y Azahara vuelan a su lado. El hada trae consigo el Libro de Las Sombras. No espera invitación de acomodo; de hecho, la pajarita no se ha percatado de su presencia.

– ¿Llegó el momento de renacer? –lee sin forzar la voz, en tono melodioso, semejante a una canción–. No esperes invitación, ni siquiera incitación. Tú, únicamente tú, tienes la respuesta. La respuesta está en ti. Tú sabes cuándo es el momento, momento perfecto. No hay señal externa que indique el momento perfecto. No hay alineación planetaria propiciatoria. No hay augurio. Si acaso existiese este, ¿dónde buscarlo? En ti, siempre en ti.

La higuera tiembla, como si la voz de Gaia se hubiera pronunciado, sacudiendo el nido de Zoraida que abre ojos enormes y parpadea incrédula, mientras Azahara cierra el Libro de Las Sombras. Nada hay ante ella, pero está segura de haber visto un fulgor azulado.

– ¿Está en mí? –emitió un chirrido apenas imperceptible.

– Siempre en ti –ladró Alf, acostado a los pies del cerrillo.

“¿Qué hay en mí?”, bosteza somnolienta, no comprende nada. Intuye que le han dado un mensaje, pero solo resuena “en ti, siempre en ti”. Mira a la luna sonriente por última vez y mete la cabeza entre las plumas esperando encontrar a Mamita en el sueño. “Si alguien sabe, es ella.”

Plumita en el Libro de Las Sombras, acompañados por Gaia

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