Una lechuza en la madrugada

El cerrillo lleva varios días cubierto por niebla. No es una niebla densa, permite caminar y volar sin tropiezos. Pero la niebla, su humedad, ha puesto de mal humor a más de uno. El frío es cada vez más penetrante e intenso, no en vano, está acercándose el invierno, algo mal encarado para ser sinceros.

La higuera está sumergida en su sueño, le importa poco de la niebla, de la humedad o del frío, incluso se diría que agradece un invierno frío frío y mal encarado como asoma este. Por el contrario, Alf, en esta madrugada, bufa con hastío y gruñe mientras recorre el cerrillo con las orejas plegadas.

Un olor lo ha alertado e instado a salir de su refugio. Pliega las orejas porque le desagrada esa humedad que parece lluvia fina. Finalmente, descubre dónde se encuentra el intruso, delatado por su presa. El también es sigiloso y sonríe complacido bajo la rama Despertar Femenino, tan pelada como sus compañeras. El huésped ha dado buena cuenta de una presa en la rama. Desde entonces no se ha movido.

Cascabel, alertado por el podenco, con gran pericia y angustia, se encarama hasta el nido de Zoraida.

– Así que duermes –susurra el duende, orillado en el nido y refiriéndose al emplumado desconocido.– Zoraida. Zoraida –la llama con un hilo de voz sin obtener respuesta.– ¡Diantre! ¿Dónde se ha metido? ¡Oh! ¡Tú! –grita al desconocido– ¿Dónde está Zoraida? ¿Qué has hecho con ella?

– ¿Hablas conmigo? –El emplumado asoma la cabeza con curiosidad.

Cascabel se hace hacia atrás ante aquellos ojos enormes y penetrantes, pero rápidamente se encara al ave.

– Sí, contigo –le dice con desafío fingido.

– ¿Tienes algún problema que yo pueda resolver?

– ¿Qué has hecho –pregunta tras algunos balbuceos– con la rama –brinca sobre ella– para que aguante tu peso?

– La rama, te preocupa la rama, bien, bien. Nada, absolutamente nada. Aguanta mi peso porque ella es más fuerte de lo que aparenta. Mira si aguanta que ni se ha inmutado ante tus brincos. Aunque… –lo miró con detenimiento–, la verdad es que tú eres muy ligero.

– ¡Un momento! –Cascabel se estira alargando brazo e índice que languidecen sin llegar a su posición acusadora.

– No temas, pregunta.

– Esto… la rama…

– La rama… –hace una pausa que a Cascabel le parece una eternidad–. Acomódate en ese nido, parece que vas a desmayar de un momento al otro. ¿Estás enfermo?

El brillo de aquellos ojos lo tira al nido y niega con rotundidad.

– Solo es hambre, aún no he desayunado –acierta a decir sin saber cómo.

– Bien. La rama… –Lechuza cierra los ojos alargándose hacia arriba, parece en trance.

Es el Despertar Femenino… Lo femenino es resistente, tiene la capacidad de resistir las inclemencias, y al igual que una semilla enterrada, se abre camino al germinar. Hay en ella la paz suficiente para equilibrar la emoción, la sabiduría para reconocer que está anclada en Madre Tierra, para honrar su potencia creadora, la de ambas, y para ejercer su libre albedrío, dejando a la vida lo que no puede resolver, ocupándose de lo que está en su mano con amor y confianza. Y así despierta, germinando en la oscuridad, primero las raíces y después el brote que se abrirá al llegar a superficie y ser acariciada por el sol. Una vez abierto, se enraíza con más fuerza y crece. Crece en ambas direcciones, hacia la tierra y hacia el cielo. Los ojos abiertos a la luz no pueden cerrarse y olvidar lo que vieron. Lo femenino no puede olvidar la oscuridad donde germinó su ser, ni al Padre Tiempo que lo ayudó a expresarse. Alquimia perfecta de transmutación e integridad.

Lechuza calla y Cascabel, echado en el nido de Zoraida, no osa moverse, pero suena su cascabel como si una ráfaga de aire lo sacudiese, aunque no hay tal.

– ¿Venías aquí para desayunar? –pregunta Lechuza como si nada.

Cascabel niega con la cabeza y ella ríe a carcajadas.

– ¿Qué sucede? –dice somnolienta Zoraida, asomando por el plumaje de Lechuza.

– Pero… ¿Qué haces ahí?

– Tenía frío. ¿No es un poco temprano? –Bosteza y se estira, sin terminar de salir del abrazo cálido.

– Sí, lo es –dijo Lechuza. Zoraida, percibiendo que aquellas plumas la invitan a salir, bosteza de nuevo, pero las alas de Lechuza la sacan del cobijo–. Me voy ya dejándote en buena compañía.

– ¡Oh, se ha ido! No le he dado las gracias…

No se oyó ni se vió nada. Únicamente el alivio de Cascabel cuando Zoraida se acurrucó con él y el gañido de Alf volviendo a su refugio.

Gaia a través de Lechuza.

PD. Mi agradecimiento a Gabriella Delfante por su maravillosa creación Las claves de las Hadas que tanto me inspiran y guían.

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